HISTORIAS · 09 AGO 2026
Un miércoles redondo
Una subida, unas cuantas bromas y uno de esos días corrientes que terminan saliendo perfectos.

El miércoles pasado Alej y yo nos fuimos a correr por la montaña.
Salimos temprano, antes de que el calor se adueñara del día. La calle todavía estaba medio dormida y el aire fresco de la mañana picaba un poco en la cara.
Evis se quedó en casa. Según ella, alguien tenía que «supervisar el sofá» y asegurarse de que siguiera en su sitio hasta que volviéramos.
—Luego me lo contáis todo con lujo de detalles —dijo, acomodándose entre los cojines.
La muy cabrona.
Alej llevaba esa expresión seria que pone cuando decide motivarme sin decir una sola palabra. Como si correr a mi lado con cara de entrenador responsable fuera suficiente para convencerme de que subir una montaña a primera hora era una idea estupenda.
Yo llevaba el pelo hecho un nido, las zapatillas todavía sucias de la última salida y muchas menos ganas de reconocer que él parecía bastante más despierto que yo.
Empezamos por el sendero de siempre, el que se estrecha entre los pinos y está cubierto de agujas secas, piedras sueltas y raíces empeñadas en hacerte tropezar. Al principio corríamos despacio y todavía podíamos hablar sin parecer dos personas a punto de necesitar asistencia médica.
Comentamos la serie que estamos viendo, el café demasiado flojo de la máquina nueva y el plan del fin de semana, que Evis había cambiado al menos tres veces durante la cena anterior.
A mitad de la subida tuve que parar.
Apoyé las manos en las rodillas y respiré como si acabara de completar una etapa del Tour. Alej avanzó unos metros más antes de darse cuenta. Se volvió, me miró y sonrió.
—¿Bajamos el ritmo?
—Ni de coña —conseguí decir—. Solo estoy recordando que tengo cuarenta años y que anoche me comí media bolsa de patatas.
Se echó a reír.
—Entonces la otra media cuenta como desayuno.
—Exacto. Energía deportiva.
Esperó a que recuperara el aliento y seguimos subiendo.
El sol empezaba a calentarnos la espalda, aunque bajo los pinos todavía se estaba bien. Un poco más arriba, el sendero se abría y dejaba ver el valle. Nos detuvimos unos segundos con la excusa de contemplar el paisaje, aunque los dos sabíamos que, en mi caso, se trataba principalmente de no escupir un pulmón.
Alej me dio la mano.
No fue uno de esos gestos solemnes que necesitan música de fondo. Solo un apretón breve, acompañado de una mirada que decía: «Venga, Teri, ya casi estamos».
Le devolví el apretón.
—Como esto sea mentira, te dejo aquí.
No era mentira.
Cuando llegamos arriba, nos dejamos caer en el suelo, uno junto al otro, con las piernas estiradas y la respiración todavía acelerada. Alej bebió primero y yo le quité la botella antes de que pudiera acabársela.
—Compartir significa dejarme algo.
—Te he dejado la mitad.
—Me has dejado humedad.
Nos quedamos un rato allí, mirando el valle y recuperando una respiración mínimamente digna. El silencio no resultaba incómodo. Era simplemente el silencio de dos personas cansadas, satisfechas y demasiado ocupadas disfrutando de la brisa como para ponerse a hablar.
La bajada fue bastante más fácil. Corrimos sin prisa, esquivando piedras y discutiendo sobre qué íbamos a merendar al llegar. Alej defendía algo sano. Yo defendía cualquier cosa que llevara chocolate.
También hicimos apuestas sobre el estado de la cocina.
Él decía que Evis habría recogido el desayuno.
Yo sabía perfectamente que encontraríamos la taza en la mesa, una cuchara pegada a la encimera y algún armario abierto sin motivo aparente.
Gané.
Cuando llegamos a casa olíamos a sudor, polvo y pino. Evis nos abrió la puerta con una sonrisa enorme, nos miró de arriba abajo y dio un paso atrás.
—Tenéis cara de haberlo pasado muy bien.
—Ha sido estupendo —dije.
—Teri casi abandona por culpa de una bolsa de patatas —añadió Alej.
—Eso forma parte de mi preparación deportiva.
Evis se echó a reír y señaló el pasillo.
—Me lo contáis todo, pero primero a la ducha. Apestáis a gloria.
Un rato después estábamos los tres en la cocina. Alej preparaba algo de comer, Evis pedía el relato completo de la subida y yo exageraba cada cuesta para que mi hazaña pareciera bastante más impresionante.
No habíamos hecho nada extraordinario. Solo salir temprano, subir una montaña, reírnos un poco y volver a casa con hambre.
Pero el miércoles, sin avisar, nos había salido redondo.
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