HISTORIAS · 28 JUL 2026

Sudor, agua y hogar

A veces un día cualquiera reúne todo lo que importa: montaña, risas, agua y la gente que convierte una casa en hogar.

Alej, Esther y Evis riendo juntos en una piscina con las montañas al fondo
Una mañana de esas que se quedan dentro.

Hoy Alej y yo nos hemos levantado con ganas de montaña. De esas que te despiertan antes de que suene el móvil y te hacen mirar por la ventana como si el cielo te estuviera llamando.

Hemos salido temprano, todavía con olor a café en la ropa. El sendero estaba fresco y la tierra, un poco húmeda por el rocío de la noche. Mientras corríamos cuesta arriba, él iba contándome alguna tontería del trabajo y yo le cortaba cada dos por tres para señalar un pájaro o una piedra con forma rara. Al final casi no hemos hablado de nada importante. Solo corríamos, respirábamos y nos mirábamos de vez en cuando como diciendo: «Mira qué bien estamos aquí».

Cuando hemos vuelto a casa, Evis ya estaba en la terraza, con un libro y las piernas al sol. Nos ha visto llegar sudados y con las zapatillas llenas de polvo y se ha puesto a reír.

—Parecéis dos perros que han estado revolcándose por el monte.

Tenía razón.

Nos hemos metido en la piscina casi sin quitarnos la ropa de deporte. El agua estaba perfecta, de esa que te abraza. Evis se ha tirado detrás y, en cinco minutos, estábamos los tres empujándonos, haciéndonos cosquillas bajo el agua y riéndonos como tontos. En una de esas, Alej me ha levantado a hombros, Evis me ha empujado y yo he caído de culo con un chapuzón ridículo. Hemos salido a la superficie tosiendo y riéndonos a la vez.

Poco a poco, las risas se han ido calmando. El sol ya picaba más, pero el agua empezaba a dejarnos la piel de gallina en los hombros. Evis ha sido la primera en salir. Se ha envuelto en una toalla y nos ha mirado desde el borde.

—Os estáis poniendo morados de frío. Venid.

Hemos salido detrás de ella, goteando y con los pies resbalando un poco sobre las baldosas calientes. Mientras subíamos las escaleras hacia el baño todavía nos reíamos de lo del chapuzón, pero la risa ya era más suave, más baja. Dentro, el aire olía a humedad y a jabón de lavanda. Alej ha abierto el grifo y el vapor ha empezado a llenar el espacio casi de inmediato.

La ducha es estrecha para tres, pero, de alguna forma, siempre cabemos. El agua caliente nos ha golpeado la espalda y, de golpe, el cansancio de la carrera y el frío de la piscina se han derretido. Alej me ha acercado hacia él y Evis se ha quedado un instante apoyada en el marco, mirándonos con esa sonrisa quieta que pone cuando está contenta de verdad. Luego se ha acercado también.

No ha hecho falta hablar mucho. Solo manos que se buscan, labios que encuentran un cuello o un hombro, el sonido del agua al caer y la sensación de que el resto del mundo se queda fuera. El vapor empañaba el espejo y volvía difusa la luz de la ventana. He apoyado la frente en el azulejo frío mientras Alej me abrazaba por detrás y Evis me acariciaba el pelo empapado. Ese contraste —el azulejo frío, el agua caliente, sus cuerpos cerca— me ha hecho cerrar los ojos y quedarme quieta un segundo, solo sintiendo.

Después ha llegado esa risa tonta, un poco avergonzada, que siempre aparece cuando te das cuenta de que estás empapada, despeinada y con las piernas flojas. Alej me ha dado un beso en el hombro. Evis ha cogido la toalla grande y nos ha envuelto a los dos como si fuéramos un solo bulto. Y ahí, los tres apretujados y goteando, aquello se ha convertido en otra cosa: se ha vuelto hogar.

Ahora estoy aquí, con el pelo todavía húmedo, escribiendo esto mientras ellos preparan algo de comer abajo. Se oyen risas y ruido de sartenes.

A veces la vida es exactamente esto: sudor, agua, risas y un poco de piel contra piel. A veces eso basta.

CONVERSEMOS

¿Qué te ha hecho sentir?

Cargando comentarios…