HISTORIAS · 02 AGO 2026

Sal, anchoas y un día bueno

Un día de mar, paseo y anchoas, de esos que no necesitan nada extraordinario para quedarse contigo.

Teri, Alej y Evis cenan anchoas con pan y tomate en casa
Sal en la piel, sol en los hombros y un sitio al que volver.

Hemos vuelto de L’Escala con la piel tirante de sal, las piernas cansadas y la nevera un poco más feliz.

Ha sido uno de esos días que empiezan casi sin plan. Esta mañana solo hemos dicho «playa» y, unas horas después, estábamos en una cala pequeña, con el agua más transparente de lo que esperábamos y unas rocas que parecían colocadas a propósito para tumbarse sin que nadie te pisara la toalla.

Alej llevaba esa expresión de niño contento que se le pone cuando huele a mar de verdad. Apenas habíamos dejado las cosas cuando ya estaba mirando el agua, calculando cuánto tardaría en convencernos para entrar.

No ha tenido que insistir demasiado.

El primer contacto ha estado helado. Evis ha soltado un grito, yo he intentado entrar poco a poco y Alej se ha lanzado de golpe, salpicándonos a las dos. Cinco minutos después ya estábamos nadando, riéndonos y diciendo que el agua estaba perfecta, como si ninguna hubiera protestado antes.

Al salir, nos hemos tumbado sobre las toallas con el sol calentándonos la piel. No hemos hecho nada especial durante un buen rato. Solo secarnos, hablar de cualquier tontería y mirar cómo el agua cambiaba de color cada vez que se movía el sol.

Más tarde hemos ido a pasear por el pueblo.

L’Escala es preciosa. Calles estrechas, fachadas claras, terrazas llenas y ese olor en el que se mezclan el mar, la comida y el verano. Caminamos sin prisa, dejándonos llevar por las calles y desviándonos cada vez que Evis encontraba algo que quería fotografiar.

Y entonces Alej ha visto las anchoas.

Se le han iluminado los ojos.

Ha entrado a comprarlas sin pensárselo dos veces, con la solemnidad con la que otras personas entran en una joyería. Ha examinado los tarros, ha hecho un par de preguntas y finalmente ha levantado uno delante de nosotras.

—Estas son las de verdad.

Yo no he podido evitar reírme.

Evis le ha hecho una foto mientras pagaba, como si estuviera firmando un contrato especialmente importante. Después ha seguido fotografiándolo con la bolsa en la mano, orgulloso de su compra como si acabara de ganar un trofeo.

Hemos continuado paseando y nos hemos perdido un poco a propósito. Al final hemos terminado comiendo en un bar con terraza desde el que se veía el puerto. No recordaremos el nombre del sitio, pero sí los barcos balanceándose, el ruido de los cubiertos y a Evis intentando hacer una foto de mis pies todavía llenos de arena debajo de la mesa.

Por la tarde hemos vuelto un rato junto al agua.

Hubo un momento en el que los tres nos quedamos callados, mirando el mar. No porque ocurriera nada importante ni porque hubiera que decir algo profundo. Simplemente estábamos cansados, a gusto y demasiado ocupados viendo cómo el sol se reflejaba sobre el agua.

Alej mantenía la bolsa de las anchoas bien protegida a su lado. Evis revisaba las fotos que había hecho durante el día. Y yo estaba allí, entre los dos, pensando que había sido una idea estupenda decir «playa» aquella mañana.

Al llegar a casa hemos dejado las bolsas en la cocina y hemos ido directos a ducharnos. Todavía nos quedaba arena pegada en los tobillos y sal en el pelo.

Después nos ha entrado hambre.

Alej ha sacado las anchoas con el mismo cuidado con el que las había llevado durante todo el camino. Ha abierto el envase, las ha colocado sobre un plato y ha preparado un poco de pan con tomate y aceite.

—Ahora veréis —ha dicho.

Nos hemos sentado a cenar todavía con el pelo húmedo y la piel caliente por el sol. Evis ha probado la primera y ha levantado las cejas. Yo he cogido otra antes de que Alej pudiera preguntar qué nos parecían.

Estaban buenísimas.

Alej nos miraba con una sonrisa satisfecha, esperando su momento.

—Os lo dije. Son las de verdad.
—Sí, sí —le he contestado—. Puedes estar orgulloso de tu pescado.

Evis ha vuelto a hacerle una foto, esta vez sosteniendo una anchoa sobre un trozo de pan como si estuviera presentando una obra de arte.

La cena ha sido sencilla: pan, tomate, aceite, anchoas y los tres interrumpiéndonos para comentar las fotos del día. Algunas estaban torcidas, otras tenían un dedo delante del objetivo y en demasiadas aparecía yo haciendo caras extrañas sin saber que Evis me estaba fotografiando.

Hemos regresado con sal en el pelo, arena en lugares imposibles y unas cuantas anchoas guardadas en la nevera para mañana.

También con la certeza de haber encontrado un lugar al que vamos a volver.

Nada épico.

Solo mar, pan, aceite, demasiadas fotografías y un día bueno.

Y, a veces, un día bueno ya lo tiene todo.

CONVERSEMOS

¿Qué te ha hecho sentir?

Cargando comentarios…