HISTORIAS · 31 JUL 2026

Hoy toca chocolate

Hay mañanas que empiezan con el aroma del chocolate y terminan reuniendo todo lo que hace falta para ser feliz.

Teri, Alej y Evis preparan galletas con chocolate en una cocina de verano
A veces la felicidad todavía está caliente y deja chocolate en los dedos.

Hoy me he despertado y Alej estaba preparando mis galletas favoritas: de esas grandes, al estilo americano, con chips de chocolate.

El aroma me ha llegado antes que la conciencia. Mantequilla, azúcar y chocolate fundiéndose dentro del horno.

He abierto un ojo y he pensado que solo había dos posibilidades: o me había muerto y aquello era el cielo, o Alej se había levantado con ganas de hacer el bien.

He salido del dormitorio con la marca de la almohada todavía en la mejilla y el pelo convertido en un nido de pájaros. Evis seguía dormida, abrazada a mi almohada como si hubiera decidido apropiarse también del hueco que yo había dejado.

La luz entraba con fuerza por las rendijas de las persianas. Aunque la mañana apenas empezaba para nosotras, el día ya prometía calor. En la cocina estaba encendido el ventilador pequeño de la encimera, girando de un lado a otro sin conseguir enfriar gran cosa.

Alej llevaba puesto el delantal de lunares. Ese que asegura que odia, pero que siempre termina usando. La primera bandeja ya estaba dentro del horno y él preparaba una segunda tanda con la concentración de quien intenta resolver un misterio especialmente delicado.

—Buenos días, dormilona —me ha dicho sin girarse.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—El suficiente para saber que hablas en sueños.
—Eso es mentira.
—Puede ser. Pero ahora estás despierta y hay galletas, así que tampoco importa demasiado.

Me he acercado por detrás, le he rodeado la cintura y he intentado mirar dentro del bol.

—¿Cuántas me vas a dejar comer antes de que se enfríen?
—Todas las que quieras. Pero si se te atraganta alguna, no digas que no te avisé.
—Acepto el riesgo.

Me he quedado a su lado observándolo repartir el resto de la masa sobre otra bandeja. Todas las porciones tenían tamaños diferentes, aunque él insistía en que eran exactamente iguales.

No lo eran.

Evis ha aparecido poco después, todavía en pijama y con los ojos medio cerrados. No ha dicho buenos días. Ha entrado en la cocina siguiendo el aroma, se ha subido a la encimera como si fuera su trono y ha robado un chip de chocolate de los que todavía quedaban en el bol.

Alej le ha dado un golpecito suave en la mano.

—¡Eh! Esas son de Teri.
—Yo también soy Teri cuando hay galletas —ha contestado ella.
—Pues Teri puede bajar de la encimera.
—Teri está muy cómoda aquí.

Los tres hemos terminado riéndonos como tontos cerca de las diez de la mañana.

Cuando la primera bandeja ha salido del horno, apenas le hemos dado tiempo para enfriarse. Alej insistía en que debíamos esperar unos minutos, pero Evis y yo hemos interpretado aquello como una recomendación sin demasiada importancia.

La primera galleta se ha roto al cogerla. El centro seguía blando y el chocolate estaba tan caliente que casi me he quemado los dedos.

Ha sido perfecta.

Hemos llevado el desayuno al salón y hemos bajado un poco más las persianas para que no entrara todo el sol. Alej se ha preparado otro café. Evis ha aparecido con tres vasos llenos de hielo y ha decidido que los nuestros también debían convertirse en cafés fríos, aunque nadie se lo había pedido.

Yo no he protestado.

Ahora estoy en el sofá con las piernas cruzadas, un vaso frío entre las manos y dos galletas todavía templadas sobre un plato. Tengo chocolate pegado en los dedos y algunas migas en el pijama.

Evis asegura que la galleta más grande le ha tocado por casualidad.

Alej dice que no piensa volver a cocinar para gente que cuestiona el reparto.

Y yo estoy considerando seriamente levantarme a por una tercera antes de que empiecen a contarlas.

Fuera, el cielo está completamente azul y el sol cae con esa intensidad que anuncia otro día de verano abrasador. Más tarde saldremos al jardín y nos meteremos en la piscina. Evis se tumbará al sol hasta que el calor pueda con ella, Alej dirá que el agua está perfecta y yo tardaré un rato en decidirme antes de tirarme de golpe.

Pero ahora mismo no tenemos ninguna prisa.

Solo estamos los tres en el sofá, todavía en pijama, comiendo galletas calientes mientras el ventilador mueve el aire de un lado a otro.

A veces la vida no necesita grandes planes.

A veces basta con que alguien se levante un poco antes, se ponga el delantal que asegura que odia y decida que hoy toca chocolate.

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