HISTORIAS · 29 JUL 2026
Hoy también
El dolor existe, pero no es lo único que existe.

Hoy me ha pasado exactamente eso.
Estaba en la cocina, con el café todavía caliente entre las manos, mirando por la ventana abierta como si el día pudiera darme alguna respuesta. El aire de la mañana apenas aliviaba el calor que ya se había instalado en la cocina. Afuera no pasaba nada especial. Todo parecía seguir su curso con una normalidad que, algunos días, me resulta casi incomprensible.
Y, de repente, llegó la ola.
Todo lo que pudo ser y no fue.
No es un recuerdo concreto. No aparece una imagen determinada ni una fecha marcada en el calendario. Es más bien una sensación de vacío que se cuela sin avisar y encuentra exactamente el lugar en el que todavía duele. A veces basta una mañana tranquila, una canción o una frase escuchada por casualidad. Otras veces no hace falta nada.
Hoy simplemente apareció.
Me quedé quieta durante un rato, sujetando la taza con las dos manos. El café se fue enfriando mientras intentaba entender qué necesitaba hacer con aquella tristeza. Antes habría luchado contra ella. Me habría obligado a pensar en otra cosa, a moverme, a fingir que estaba bien. Como si reconocer el dolor pudiera devolverme al principio.
Ahora sé que no funciona así.
Así que me quedé allí.
Dejé que doliera.
Ya no me asusta tanto como antes. Conozco su forma, el peso que deja en el pecho y la manera en que vuelve más lento todo lo que me rodea. Sé que llega y que, tarde o temprano, también se marcha. Pero conocerla no significa que haya dejado de doler.
Entonces escuché risas en el salón.
Primero la de Evis, limpia y repentina. Después la de Alej, más contenida al principio, hasta que terminó riéndose con ella. No llegué a entender de qué hablaban. Solo oía algunas palabras sueltas, sus voces interrumpiéndose y ese sonido familiar de los dos compartiendo algo absurdo.
Sin darme cuenta, sonreí.
Fue una sonrisa pequeña. Apenas un gesto. La tristeza continuaba allí, pero durante unos segundos dejó de ocuparlo todo.
Salgo adelante por ellos.
No porque me salven ni porque tengan que arreglar nada. Tampoco porque su amor pueda borrar lo que pasó. Hay heridas que nadie puede cerrar desde fuera, por mucho que nos quiera.
Salgo adelante porque están.
Porque han aprendido a acompañarme sin exigirme que esté bien. Porque cuando me quedo mirando el vacío, alguno de los dos aparece sin hacer preguntas. A veces siento una mano en la espalda. Otras, alguien retira la taza fría y, al cabo de un momento, deja otra caliente a mi lado.
Hay días en los que me abrazan. Hay otros en los que entienden que necesito silencio y se quedan cerca, haciendo cualquier cosa, sin alejarse demasiado. No intentan llenar el hueco ni encontrar las palabras perfectas. Se limitan a recordarme que, alrededor de ese hueco, todavía existe una vida.
Nuestra vida.
Una vida imperfecta, algunas veces desordenada y otras demasiado ruidosa. Una vida con ropa amontonada en una silla, tazas olvidadas por la casa y conversaciones que empiezan en la cocina y terminan de madrugada. Una vida en la que podemos discutir por una tontería y, diez minutos después, buscarnos como si lleváramos mucho más tiempo separados.
Una vida que continúa incluso cuando yo necesito detenerme.
Terminé entrando en el salón con la taza entre las manos. Evis me miró y su expresión cambió apenas un instante. No preguntó nada. Solo se hizo a un lado para dejarme sitio junto a ella, justo donde llegaba el aire del ventilador.
Alej me rozó la rodilla cuando me senté.
Fue suficiente.
Me acomodé entre los dos y escuché cómo retomaban la conversación. No tenía muchas ganas de hablar, pero tampoco necesitaba hacerlo. Permanecí allí, sintiendo su cercanía y dejando que sus voces fueran trayendo de vuelta, poco a poco, las cosas que podía tocar.
El sofá. El aire del ventilador. La taza entre mis manos.
Ellos.
Todavía hay mañanas en las que la tristeza llega antes que yo. Pero ya no me traga entera. Me permito sentirla, le hago sitio y me quedo con ella el tiempo que necesite.
Después levanto la mirada.
Miro hacia el salón, hacia la cocina o hacia donde estén ellos. Recuerdo que el dolor existe, pero que no es lo único que existe.
Y sigo.
Hoy también.
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