HISTORIAS · 30 JUL 2026

El lujo de estar sola

Quererlos también es saber disfrutar de esas horas en las que la casa, el silencio y el tiempo son solo para mí.

Esther disfruta de un café a solas en el sofá durante una mañana de verano
Una casa en silencio y unas horas que no tengo que compartir.

Hoy Alej y Evis se han ido al supermercado y yo me he quedado sola en casa.

Qué lujo.

Me he levantado un poco más tarde de lo normal, me he preparado un café con leche y me he sentado en el sofá con las piernas cruzadas, todavía en pijama y sin ninguna prisa por cambiarme.

El silencio de la casa suena distinto cuando no estáis.

No es un silencio vacío. Tampoco triste. Es un silencio mío.

Puedo oír el zumbido del frigorífico, el pájaro ese que siempre canta en el árbol del vecino y hasta el ruido de mis propios pensamientos. Hoy parecen avanzar más despacio, como si ellos también supieran que no tienen que llegar a ninguna parte.

He mirado el móvil un par de veces por si habíais escrito algo.

Nada.

Mejor.

Os imagino recorriendo los pasillos del supermercado, discutiendo sobre qué tomates comprar o si necesitamos otra bolsa de esas patatas que luego nadie se termina. Evis estará metiendo cosas en el carro «por si acaso» y Alej la mirará con esa cara suya que significa: «Ya veremos dónde guardamos todo esto».

Probablemente volveréis con la mitad de lo que necesitábamos y el doble de lo que no estaba en la lista.

Mientras tanto, yo sigo aquí.

Descalza, despeinada y disfrutando de que nadie me pregunte qué quiero hacer, qué vamos a comer o si he visto algo que lleva diez minutos delante de mí.

Os quiero muchísimo, pero también me gusta echaros un poco de menos.

Creo que una cosa no contradice la otra.

A veces necesito vuestra presencia: escucharos moveros por la casa, encontraros en la cocina o sentir que alguno de los dos está cerca aunque no estemos hablando. Y otras veces necesito esto. Una casa quieta, una taza entre las manos y unas horas que no tenga que compartir con nadie.

Más tarde me iré sola a la piscina.

Sin prisa.

Voy a llevarme la toalla grande, el protector solar y ese libro que lleva semanas esperando sobre la mesita. Quiero tumbarme al sol, notar el calor sobre la piel y convencerme durante un rato de que esta vez sí voy a leer.

Aunque seguramente pasaré más tiempo observando lo que ocurre a mi alrededor o mirando las nubes que siguiendo la historia.

Después me meteré en el agua de golpe.

Nada de bajar poco a poco por la escalera. Quiero darme uno de esos chapuzones que te cortan la respiración, te hacen castañetear los dientes durante un segundo y luego te devuelven al cuerpo completamente despierta.

Hoy no necesito nada más.

Ni grandes planes ni conversaciones profundas. Solo este rato mío, el sol, el agua y la tranquilidad de saber que no tengo que aprovechar el día de ninguna manera especial.

Cuando volváis, os contaré si el libro merecía la pena o si, como sospecho, terminé tumbada mirando las nubes.

Y vosotros me contaréis por qué habéis vuelto con cuatro bolsas más de las previstas.

Hasta entonces, la casa es mía.

Qué lujo.

CONVERSEMOS

¿Qué te ha hecho sentir?

Cargando comentarios…